sábado, 12 de mayo de 2018
EN MIS BRAZOS
En ese lugar desconocido, impalpable, invisible, suspendido entre las costillas, que se extiende desde el diafragma hasta la garganta, detrás del esternón, hay un punto sin nombre que irradia intensa emoción; mezcla de dolor y un no sé qué, duele sin dañar, entrega su presencia a la rutina y los días y las noches jamás vuelven a ser monótonos.
Dile que lo ubico ahí, aquí, en mis rincones innombrables aparecidos en mi cuerpo desde que apareció aquella madrugada, sonriendo con los ojos, pensando que yo pensaría que no me reconocería. ¿Cómo no lo haría? Si me había vestido de muñeca negra con la cara lívida, la sonrisa comenzaba en una oreja y culminaba en la otra, inmóvil, como una columna de la estación, testigo de miles de estelas cruzando en todas direcciones diariamente.
Yo, la columna negra, el faro que le guía y su voz clara, la única voz audible. El resto es una batahola sureña que se frota con las cuerdas de violines prestados a aquella mañana incipiente. Y esta no sabe si mostrar el gris del cielo de Lima o seguir distraída, humedeciendo las mejillas con esa lluvia fina, con esa oscuridad que no se atreve a aclarar, con los ventanales empavonados, con nuestro abrazo interminable.
Fue el primer encuentro, pero dile que para mí fue como si lo hubiese visto toda una vida...como si ayer.
Dile que nunca fue un extraño, aunque digan que la distancia, que el pasado, que el tiempo.
Nunca creí en casualidades. Soy más madura que eso. Lo mío son los dragones y los ángeles caídos que eligen dónde precipitarse.
Ahora mis brazos están forrados con sus plumas.
•Rosario Vercelli Scharff•
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