sábado, 2 de septiembre de 2017

SANTUARIO



Descubrí mi lánguido verso 
dedicado a la última puñalada
que acarició mi espalda;
apareciste en ese instante,
mi sangre mojó tus pestañas
en el umbral de mi puerta
y ya te amaba.

Tu mano acarició mi demencia,
mi lucidez confesaba sus dudas,
removía recuerdos y huéspedes 
indeseables en el lodazal,
pero ¿cómo no escuchar 
el eco de tu garganta 
que despejaba mis ideas vagas?,
¿cómo no rendirme 
en el santuario del hayedo
si ahí ya me esperabas?

El golpe de los pájaros con el aire,
las orillas de tus labios,
el olor de tus pisadas
crispando las ramas 
hacían una zanja 
en el temblor enajenado
de mi compañero, el miedo.

Y te esperé a la mañana siguiente
con la melena adornada
de interrogantes y una tiara
hecha de espinas, de penas.

Había escapado de mi cubículo
con sólo una brújula encajada
en la oquedad de mi pecho;
ahora no la encuentro,
se ha derretido como aquellos relojes
en la Persistencia de la Memoria,
será que ya no la requiero.

•Rosario Vercelli Scharff•

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